28/09/2021 - Edición Nº1028

Otras | 4 dic 2020

LA MUERTE DE DIEGO

Dios ha muerto

Diego me lleva a lugares donde he tenido esperanza y me ha desbordado la pasión, supongo que esa es la fe a la que muchos nos aferramos y que no estamos dispuestos a sacrificar a pesar de la infamia.


Por: Laura G. Campo – Graduada en Estudios Literarios – Especial para PolíticaYMedios, desde Bogotá

 

Como una tímida extravagancia he decidido titular esta columna que ha circulado cinco días en mi cabeza, al punto de causarme insomnio. Estos cinco días, en los que las historias del paso de dios por la tierra no han cesado, he pensado en su nombre con distintos sentimientos. Diego Armando Maradona Franco, a quien he considerado sin lugar a dudas el mejor futbolista del mundo, me resulta ahora un personaje lejano, de las novelas que amaba en la infancia y en la juventud, pero que encuentro ajeno y manoseado.

Hace un año, cuando sabía que él deambulaba por El Bosque (el barrio de mi residencia de ese entonces) me sentía cerca del Olimpo, cada hoja lila que aparecía en los jacarandás de La Plata semejaban una acción divina que había traído junto con la primavera el 10. Hoy pienso que hubiese sido un héroe que encajaría perfecto en la Historia universal de la infamia de Borges, con quien tanto lo han comparado, como si cada uno no fuese enorme en su cancha y necesitaran reñirse por una grandeza de la que los dos tienen plena conciencia. Imagino a Diego atorado de dicha por las controversias que ha causado su muerte, por desterrar a San Paolo de Nápoles para dejar su nombre en el estadio del equipo pobre al que le dio la gloria, por hacer sonar “Mi Buenos Aires querido” para abrir un partido en Sevilla o por ser el tema redundante de los medios hispanohablantes durante una semana, hasta el hartazgo.

He querido explicarme la existencia de ese dios con iglesia propia. He resuelto que los humanos, en especial quienes vivimos en eso que el capitalismo nos ha llevado a denominar “el subdesarrollo”, tenemos una inclinación a hacer búsquedas de salvación, de acomodar una figura como promesa de sanación de las miserias propias. Diego cumplió el augurio del escape de la pobreza con talento, al tiempo que se humanizó con sus crímenes; cada escándalo en el que se veía envuelto parecía hacer más próxima la estampa divina a lo terrestre, puso a prueba la fe de su pueblo y aunque se debilitó, ahora sabemos que nunca desapareció totalmente.

El número 0 fue el comienzo y el fin de su residencia en la tierra. Nació el 30 del mes 10 del año 60 del siglo 20. Cada nueva década forjaba lo que simulaba la deconstrucción de un dios contemporáneo: durante los 70 labró su carrera y comenzó a hechizar a su público con la camiseta de Argentinos Juniors; en los 80 realizó el estallido que llegó de otro planeta para dejar en su camino a tanto inglés, e hizo que el país fuera un puño apretado gritando por Argentina; en los 90, el abuso de la cocaína ocasionó la caída en picada que desenfocó la atención del fútbol y la ubicó en la farándula; en los 2000, el sobrepeso y las deficiencias de salud pusieron en evidencia su mortalidad y la última década la inició con su prueba más álgida como técnico, la dirección de la selección argentina en el mundial de Sudáfrica 2010, del que salió goleado por el rival eterno: Alemania.

Esas venidas a menos del hombre que se erigió como dios son las que hacen verosímil su existencia. La razón por la que Diego sigue siendo el mejor del mundo va más allá de lo futbolístico, su carácter desequilibrante —que guio a la selección a ganar un mundial y a acariciar el siguiente— es incompatible con la rectitud de Messi. Seguramente pasarán muchos años antes de que Argentina reconozca el apasionamiento, tan característico de su tierra, en otro jugador. También es probable que el siguiente 10 no llegue a hacer vibrar los espacios que circunda, por querido o por odiado.

De cualquier manera, Diego es una afrenta a la corrección política de estos tiempos. La pugna interna de mi amor por él se debe a que soy hija de una generación en la que mucho de lo que representa es cuestionado. Soy una mujer consciente de las violencias de género, colombiana y riverplatense; tengo todo para repudiarlo, pero lo quiero. Mi vida ha estado acompañada por su figura desde los 6 años, cuando mi padre me contaba historias sobre él, en lugar de hablarme de futbolistas colombianos; en tiempos de la universidad cantaba “La mano de dios” apenas la cerveza propiciaba la sensiblería, y veía una y otra vez los videos del 86; la única crónica legible que he escrito habla de él. Diego me lleva a lugares donde he tenido esperanza y me ha desbordado la pasión, supongo que esa es la fe a la que muchos nos aferramos y que no estamos dispuestos a sacrificar a pesar de la infamia.

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