28/09/2021 - Edición Nº1028

Internacional | 11 may 2021

ANÁLISIS

Colombia: ¿malestar coyuntural o hartazgo estructural?

El país cafetero comenzó por pedir un freno a la reforma tributaria y le contestaron con ferocidad y muerte. Todo indica que, como en Chile, el malestar no va a “evaporarse”. Ahora comienzan a reclamarse cambios que exceden lo coyuntural.


Por: Ramón Prades García (Red de Capacidades Nacionales) y Fabian Lavallén Ranea  (Director del Grupo de Estudios del Paraná y el Cono Sur)

*Regodearse:  Alegrarse con maldad de un percance o desgracia sufrido por alguien. / Sentir placer o satisfacción por algo y entregarse a ello con avidez o desmesura.

 

Para ingresar al universo de las acciones y reacciones de las políticas recientes de Iván Duque, surge la doble opción de representarlo como: a.- Un virtuoso e insólito emisor de medidas draconianas, expresadas éstas últimas con un notable refinamiento de semantización; o b.- Un embaucador neoliberal que se regodea con la maldad ajena.

El hecho de llamar, por ejemplo, “Ley de crecimiento” o “Ley de Solidaridad Sostenible” a un conjunto de medidas que, bajo el supuesto más optimista, iban a generar angustia y resignación entre los sectores más vulnerables de la sociedad, es un gesto de malicia o ignorancia.

Asimismo, solucionar una crisis económica, producto de la pandemia, implementando una reforma tributaria que corrija el desequilibrio fiscal perjudicando a los más pobres, no parece ser la mejor de las ideas ni la solución políticamente correcta en un país con tanta pobreza, desigualdad y trabajo informal.

Pero ¿se puede criticar al gobierno de Iván Duque de ser tan “incorrecto” en sus signos y mensajes? Si el mismo mundo del prestigio y la corrección, como es el caso de la Academia Sueca, hace escuela y establece tradición en la historia de los gestos de cinismo, o en el mejor de los casos, posee un amplio repertorio de contradicciones entre la retórica humanista y las responsabilidades públicas, ¿por qué exigirle algo diferente al otrora delfín de Juan Manel Santos?

Recordemos: la Academia Sueca galardonó a Santos con el Premio Nobel de la Paz 2016, cuando ya se investigaban los "Falsos Positivos" -nombre con el que en Colombia se denominó a los asesinatos de civiles inocentes en el marco de la guerra con las guerrillas- que se desataron bajo su cartera en los años que fue Ministro de Defensa.

El problema de esos gestos es cuando no se mide la reacción social a tanta soberbia. Como cuando el Ministro de Economía chileno dijo ante la protesta por los aumentos del transporte que los trabajadores “debían viajar más temprano” para poder ahorrar dinero. De alguna manera, en Colombia se observa lo mismo: por un lado la miopía y la malicia, que impiden tomar dimensión real del hartazgo social y, por el otro, el malestar generalizado para con el sistema.

Hace por lo menos dos años que Colombia está convulsionadaPero hace muchos más que está espantada por la feroz represión y el accionar deshonroso de las Fuerzas Armadas. Es muy análogo, nuevamente, a lo ocurrido en Chile, cuando durante la pandemia, por un momento, parecieron calmarse las aguas del descontento y la frustración, pero, a los pocos meses, las causas profundas de ese malestar crónico que padecen muchas sociedades latinoamericanas, se oxigenó y comenzó a mostrar nuevas fuerzas, a ramificarse, a expandirse por todo el país y, finalmente, a levantar la voz progresivamente y con más firmeza.

También, así como en la nación transandina no puede pensarse que el costo del Metro de Santiago fue la razón de las rebeliones y marchas multitudinarias que hemos visto, en el caso colombiano -aunque fue su detonante- no puede pensarse que las energías que se ponen a prueba en estas protestas, sean sólo una reacción a la reforma tributaria. Sino que, por el contrario, como toda causa real y profunda, no son las cuestiones coyunturales las que explican la intensidad del reclamo, sino mas bien, ciertas particularidades estructurales del sistema político del país cafetero.

Dicho esto, es importante identificar que, en las medidas transitorias implementadas por el gobierno de Duque, el hecho de imponer un aumento al costo de los alimentos -gracias al aumento del IVA, de un 5% a un 19%- y, por lo tanto, a la canasta básica de alimentación, obligaba a erogar más caro esos alimentos no sólo a aquellos que están en la zona más desprotegida de la pirámide social, sino que también, incluso, entre aquellos que trabajan en la economía informal más precarizada del país.

También al igual que Chile, ante la primera aparición de las protestas, el gobierno militarizó la respuesta y contestó a golpes, hablando de “infiltrados”, terroristas y alienígenas, satanizando al pueblo. Finalmente, como también pasa con el país trasandino, Colombia pelea el primer puesto sudamericano como el país más desigual de la región. Según la muy poco revolucionaria revista Forbes, ningún otro país de Latinoamérica posee brechas tan amplias entre todas sus regiones en cuanto a los niveles de desarrollo, en un informe que incluye más de veinte variables a lo largo de ocho dimensiones, como la educación, la salud, el bienestar, las instituciones, seguridad, medio ambiente, etc.

Esto Colombia lo hace, mientras que el ejecutivo norteamericano propone que los más ricos sean los que más paguen y que no sean los sectores más desfavorecidos los más afectados. También lo hace, mientras que, en lo que va de la pandemia, la pobreza aumentó siete dígitos, llegando al 45% de la población, afectando principalmente a la economía informal. Era más que obvio que la reacción social no iba a ser positiva.

Según la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), en estos momentos Colombia es un Estado profundamente militarizado, con un conflicto armado donde el Gobierno “se negó a resolver por la vía del diálogo y paz,” con cifras alarmantes “de personas heridas, asesinadas y desaparecidas”, tratándose de “una situación completamente descontrolada que recorre todo el país, incluyendo las ciudades más pequeñas del interior rural”.

Mientras tanto, el blindaje mediático llega a niveles exorbitantes; casi ridículos. Y cómo se ha viralizado en las redes, no se observa la solidaridad de los Shakira, los Carlos Vives, o los Juanes, que para condenar a Maduro son los primeros en organizar festivales solidarios, y en este caso, ni movieron el recurso de la comodidad twitera. Del mismo modo, el silencio de Luis Almagro y toda la OEA ya no sorprende, sufriendo rabietas de indignación sólo cuando hay excesos en Cuba o Venezuela.

Como ya hemos dicho, la sociedad chilena comenzó reclamando por el boleto del Metro y, ante la tosquedad y violencia con la que respondió el gobierno, terminó pidiendo un cambio constitucional y político de raíz. Cambios que aún no podemos saber hasta dónde llegarán.

Colombia comenzó por pedir un freno a la reforma tributaria y le contestaron con ferocidad y muerte. Todo indica que el malestar no va a “evaporarse” con un simple paso atrás de las medidas tributarias y ahora comienzan a reclamarse cambios que exceden lo coyuntural.

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