27/11/2021 - Edición Nº1088

Geopolítica | 9 jun 2021

ACTUALIDAD

El pariente del mar: la coyuntura nos obliga a mirar el Río Paraná

Las cuestiones técnicas y económicas, también son discusiones que hacen a la soberanía nacional. No podremos ser soberanos si no tenemos la capacidad de serlo. De no construirse el Canal Magdalena, no solo seguirá siendo dependiente nuestro comercio exterior, sino que seguirá siendo débil nuestra posibilidad de proyectar poder hacia el Atlántico Sur, donde tenemos sensibles intereses.


Por: Nicolas Mujico, Politologo UBA, maestrando en Defensa Nacional UNDEF
 

Paraná es una voz Guaraní que significa parecido al mar o pariente del mar. Los amantes de las comparaciones lo llaman el "Misisipi Argentino" y, dada su importancia económica, o la que debería tener para el desarrollo nacional, no están tan equivocados.

La mal llamada hidrovía que, como bien señala Mempo Giardinelli, es un vocablo que no existe en la lengua castellana y que expresa los intereses comerciales y colonizantes del neoliberalismo, es un canal navegable por el cual pueden conducirse barcos de gran calado todos los días del año. Para que ésta funcione se debe dragar y quitar “obstáculos” -llámense islas o islotes- del camino por el que pasa gran parte de la producción agropecuaria del país y de varios países de la región. La ruta en su planificación final debería unir la ciudad de Puerto Cáceres (Brasil) hasta el delta del parana a cuyo frente se haya  el inventado puerto de Nueva Palmira (Uruguay).

El 30 de abril se prorrogó la concesión por 90 días, que  podría finalmente  renovar el consorcio Hidrovia S.A, formado por la firma Belga  Jan de Nul y la nacional Emepa, que facturan 300 millones de dólares al año (en blanco) por realizar el dragado, balizamiento y cobrar peaje a las embarcaciones que transportan el 80% de las exportaciones de nuestro país. También por aquella vena corre y salta hacia el exterior el contrabando y saqueo multimillonario del que somos las víctimas inconscientes. Además, por supuesto, el tráfico de drogas.

El presidente Alberto Fernández descartó la posibilidad de estatizar la vía por las dificultades técnicas que eso implicaría. El que se quema con leche ve una vaca llora, dice el refrán, y esa parece ser la causa, luego de que el año pasado, en plena primera ola de COVID, el conflicto por Vicentín diera pie a las primeras movilizaciones contra el gobierno. Es, de todos modos,  el contrato de obra pública más importante en lo que va del siglo en nuestro país  y debería ser, por lo tanto, la principal discusión por estos días luego de los temas relacionados al coronavirus.

El fallecimiento del Ministro Mario Meoni puso un compás de espera al asunto. El nuevo ministro de transporte se apuró a tranquilizar rápidamente al consorcio. Las empresas también ponen lo suyo. Por fuera de eso quieren llevar el calado del río de 34 pies a 38 o 40, lo que posibilitaría el ingreso de buques más grandes y fletes más baratos. Esa es la promesa con que cuentan para lograr la renovación. La concesionaria junto a las 5 cerealeras que controlan laos commodities que se producen en nuestro litoral quieren evitar por todos los medios la intervención estatal.

El Canal Magdalena aparece, así, como moneda de cambio para descomprimir la discusión que urge resolver ante el intento de algunos sectores del gobierno de estatizar la vía. Es decir, renovar la concesión, ceder soberanía hoy a cambio de una promesa de que algún día se hará algo en algún mañana. Hasta el momento, se procedió a fondear la boya que establece un hito, pero que veremos con el tiempo si se convierte en realidad. La reciente creación de la bicameral que deberá controlar la licitación de la hidrovia, parecen buenas estrategias para rodear las claras intenciones coloniales a quienes le urge renovar rápidamente la concesión. Mientras tanto, el empobrecimiento continúa al ritmo de las declaraciones juradas, vía subfacturación de exportaciones y sobre facturación de importaciones, como Horacio Tetamanti se cansó de explicar en infinitas oportunidades.

Para algunos, la discusión es por plata. Para otros, la discusión es por soberanía y plata; es decir, por el control de nuestras exportaciones. Es que no se trata de románticos e idealistas contra realistas, sino de la posibilidad de dar una discusión más profunda. La logística debe ser discutida en clave de soberanía. Debemos discutir lo actual y urgente y también el horizonte hacia el cual vamos. El control del Paraná y el Canal Magdalena deben ser un objetivo permanente. Esto es la necesidad de vincular el río con el mar para dejar de ser un país mediterráneo que no tiene control alguno sobre sus ríos interiores y que depende de la salida al mar vía Montevideo, puerto que es además, el soporte logístico de los ingleses en Malvinas.

Sabemos que, quien controla la salida del Río de La Plata, controla la Cuenca del Plata, a donde desemboca justamente el Río Paraná. Las cuestiones técnicas y económicas, también son discusiones que hacen a la soberanía nacional. No podremos ser soberanos si no tenemos la capacidad de serlo. De no construirse el Canal Magdalena, no solo seguirá siendo dependiente nuestro comercio exterior, sino que seguirá siendo débil nuestra posibilidad de proyectar poder hacia el Atlántico Sur, donde tenemos sensibles intereses.

Parte de la importancia de este proceso radica, también, en que es la primer re-privatización o quizá (poco probable) marque un hito y sea la primera estatización de las muchas que se vencen en los próximos dos o tres años y que deberán ser renovadas, concesionadas nuevamente o estatizadas. Es claro lo que sucedería de estar el gobierno en manos de Mauricio Macri. No obstante, de no mediar una militancia que logre poner en agenda pública la necesidad de fortalecer el Estado no solamente en la contención social, sino en sus capacidades esenciales y estratégicas como los recursos naturales, la logística y los servicios públicos, no le será posible al gobierno sostener decisiones políticas audaces en un contexto tan adverso. No es una inocua discusión acerca de los alcances que debe tener el Estado. Es una discusión en definitiva sobre la soberanía política. Casi una mala palabra en estos tiempos que corren.

Giardinelli sostiene que no podremos dar la batalla si hablamos el idioma de los intereses extranjeros o de ciertos sectores nacionales concentrados. Propone, además, llamar Rio Paraná a la mal llamada hidrovia. Lamentablemente, el problema no se reduce solo a lo simbólico. Hace ya algún tiempo, Rodolfo Kusch en sus estudios geoculturales, se preguntaba por qué el mar no era un problema para la cultura popular argentina. ¿Por qué no se lo explota, porque no se ejerce un dominio sobre él? Se interrogaba y se respondía que nuestro comportamiento nacional, dependió siempre de una cultura popular mediterránea. Nuestras raíces culturales que vienen desde el litoral, de Chile y de los Valles Calchaquíes, no tienen interés por el mar y por eso no lo ocupa, y Buenos Aires, tiene interés, pero desde una lógica colonizante. Por eso, se apura a adaptar la infraestructura a esta visión y a fuerza de decretos adapta la fisonomía nacional a lo que esperan de nosotros los intereses internacionales. Aquí radica también parte del problema y de la verdadera batalla cultural que no es identificarse con uno u otro panelista de televisión o un diario o un canal: 3500 kilómetros de Cordillera, cinco o seis mil kilómetros de costa para un país que no navega ni pesca ni podría definirse como andino. Un país que no está parado sobre sus pies, sobre sus raíces o sobre su tierra, difícilmente pueda echarse a andar.

El tiempo ganado, escasos noventa días, deben ser aprovechados para trabajar en la creación de una militancia cultural que surja desde el pie, en donde el sentido común y el horizonte se encuentren enlazados por las necesidades estratégicas de la nación.

A casi 180 años de Vuelta de Obligado, la coyuntura nos obliga a volver a mirar el Río Paraná. El pariente del mar. 

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